En su afán de congraciarse con Piñera, que lo ha elevado a la altura de un Presidente arquetípico, Aylwin ha vuelto a las suyas. Criticando a los jefes de la Concertación por no asistir a una cita con el Presidente, nuevamente ha caído en la desmemoria.  Ha pontificado acerca de un inventado “diálogo” permanente y positivo entre oposiciones y gobiernos. Ha dicho: “En la historia de la democracia chilena cuando los Presidentes convocan e invitan, se cumple y reciben”. Se entendió bien: nunca en la historia sucedió una cosa así.

Ismael Llona M.  01.08.11


La pontificación sin médula ni verdad  llevó a los presidentes de los partidos de la Concertación a hacerse una obligada autocrítica, que los hundió aún más en la incredibilidad pública. ¡Intelectual y políticamente pobres los que reconocen en Aylwin algo así como una infalibilidad ética y política! ¡Un liderazgo gerontocrático!

La vida política de Aylwin ha tenido aciertos trascendentes –como el de encabezar el NO a Pinochet – y desaciertos brutales, como los de apoyar antes y después el golpe de 1973 sin haber hecho jamás, en casi 40 años, una autocrítica cabal y menos un mea culpa.

Aylwin ha sido profesor secundario y universitario, y mucho sabe de historia de Chile.

La historia de Chile, para no ir muy lejos y remontarse a los antiportalianos, los opositores a Manuel Montt en 1851 que avanzaron hacia una guerra civil y los contrarios a Balmaceda, en 1891, que la desencadenaron con el resultado de más de 10 mil muertos, es rica en conflictos serios entre oposición y gobierno y de ausencias de diálogos con buenos o malos resultados para las partes y el país.

En 1938 no hubo diálogo entre Arturo Alessandri, electo en 1932, y la oposición: el general Arriagada mandó matar en el Seguro Obrero y Arturo Alessandri asumió la responsabilidad de la represión. Toda la oposición permitió, entonces, el triunfo de Aguirre Cerda. No hubo diálogó para nada.

En 1948 no hubo diálogo entre Gabriel González Videla y los comunistas que lo habían elegido y éstos fueron ilegalizados y perseguidos.

En 1954 el Presidente Ibáñez, que había ganado en 1952, solicitó a Frei Montalva ingresar al gabinete. Éste no respondió como fantasea hoy Aylwin. Por el contrario, exigió al Presidente no sólo ingresar sino, además, nombrar a todo el gabinete (él, no el Presidente) lo que impidió todo diálogo. Ibáñez no pudo estabilizar su gobierno, por ésta y otras razones y a Frei Montalva no le fue mal con el “desaguisado”, le fue bien. Creció como estadista entre los suyos. Muchas veces no dialogar, lo sabe Aylwin, es un éxito.

En 1958, después de su derrota, Frei Montalva no dialogó con Jorge Alessandri, que había ganado. Por el contrario, le hizo una oposición dura y sin miramientos e incluso, en 1961, interrumpió al Presidente en su cuenta ante el Congreso Pleno, en una de las rupturas formales ya históricas. En la presidencial siguiente Frei Montalva fue elegido Presidente.

En 1964 la dirección del Partido Socialista le “negó la sal y el agua” al Presidente Frei Montalva y no se distinguió precisamente por su diálogo con la DC. En la elección siguiente los socialistas ganaron la Presidencia de la República.

¡Para qué recordar la actitud permanente de la directiva de Patricio Aylwin con el Presidente Allende! Lo acusaron de promover el extremismo, de permitir la internación ilegal de armas, de salirse de la Constitución, le aprobaron la Lay Carmona y le destituyeron uno a uno a varios de sus ministros, sin dialogar. No condenaron ni el bombardeo a La Moneda.

Si hay alguien que pasará a la historia por su perseverante política del mutismo, o por el diálogo de sordos antes de 1973, es precisamente Patricio Aylwin.

Sólo a fines de los años 80, y arriscando la nariz, don Patricio dio su visto bueno al diálogo con la centroizquierda y afirmó las bases de la futura Concertación sembradas por Lagos y Valdés.

¿Está despistado hoy Patricio Aylwin? No lo creo. A sus 93 años goza de una salud física y mental envidiable, de buena memoria, de su aparente equilibrio de siempre, de su tendencia inalterable a rechazar las movilizaciones de izquierda y a encontrar positiva la política de centro-derecha. Y del afán de pasar a la historia como el Presidente demócrata cristiano que superó a los dos Frei.